Casi todos conocemos ya el fenómeno del Pressing Catch que está arrasando desde que llegó a España (por obra y gracia de la Cuatro) hace relativamente poco. El público más numeroso del susodicho espectáculo de lucha lo componen chavales que rondan los 9, 10, o 12 años. Para el que todavía no lo sepa, los combates están al 100% preparados con antelación, y los golpes son en su gran mayoría, simulados, a excepción de ciertos empujones y panzadas (y alguna que otra colleja). Qué más les da a esos tipos, si con cada actuación se llenan los bolsillos. A parte de su fuerza y sus músculos, los luchadoreas tienen grandes dotes como actores, y sobreactúan exponiendo cada uno su rol y su carisma propios. Si os dáis cuenta, la realización y los cámaras cogen las tomas desde el ángulo adecuado, y captan en rápido instante los movimientos de forma que puñetazos y patadas parecen reales. En mi opinión, es más bien un espectáculo. PERO, un espectáculo que promueve, al fin y al cabo, la violencia. No sé si los chavalines rugen porque les gusta la espectacularidad o porque les entusiasman los combates. Supongo que son conscientes de ello, y reconocen el espectáculo como tal, no como un culto a la lucha y a la violencia. No me gusta el Pressing Catch, pero no lo tacho más que como un espectáculo más que refleja un poco de la cultura americana (eso sí, telebasura pura y dura).

En cuanto a los deportes de lucha, no me gusta el boxeo pero sí ciertas artes marciales, viendo el combate nunca más allá del punto de vista deportivo. Lo que se escapa a mi razón son los combates que tienen como objetivo la violencia por la violencia, como es el caso de las luchas clandestinas, luchas a muerte, o el famoso Vale Tudo brasileiro (en el viídeo), donde vale todo menos una cosa, claro. No hace falta que veáis los 3 min que dura, unos segundos bastan para entender de qué hablo. Sensibles, abstenerse.